jueves, 19 de octubre de 2017

Los escenarios de la batalla

En los próximos días, la crisis catalana presentará dos escenarios. Uno, el Senado, derivado de la progresiva aplicación del artículo 155, que incluso podría facilitar el diálogo, y otro con epicentro en las calles, donde asistiremos a movilizaciones cada vez más permanentes con el telón de fondo de la proclamación, ahora sí, de la independencia.

En ambos lugares se jugará la lucha de poder a la que asistimos, no como meros espectadores, sino como damnificados.

miércoles, 18 de octubre de 2017

El evento más relevante

A veces conviene levantar la mirada y dejar de ver las sombrías perspectivas de lo más cercano que te rodea. Por eso, hoy les propongo hablar de uno de los eventos más relevantes de los que hoy hay en el mundo. Les hablo del Congreso del Partido Comunista de China. En concreto, del decimonoveno cónclave de la formación política más poderosa del planeta, hasta el punto que cuenta con más de ochenta millones de afiliados.

El congreso comunista que se celebra desde hoy en Pekín supone la puesta en escena de China como gran potencia mundial, capaz de hacer sombra a Estados Unidos y aspirar en pocas décadas a sustituir a quien ha sido durante el siglo XX  el país con mayor influencia en el resto de la tierra. Durante todos esos años, definidos como el gran siglo americano, la cultura norteamericana ha inundado el resto del mundo, así como sus valores e ideología, convirtiendo al planeta en el que vivimos en algo globalizado y con una impronta muy particular, marcada por el estilo de vida estadounidense.

Puede que estemos muy cerca de un cambio sustantivo en ello y que Trump solo sea un síntoma del fin de una época. Si eso fuera cierto, no habría nadie tan bien colocado como China para reemplazar a Washington en la guía mundial.

Pekín lleva años preparándose para eso, bajo una poderosa estructura interna, el Partido Comunista, que desde hoy ensalzará al líder que desde hace cinco años controla tan colosal maquinaria: Xi Jinping, a quien los 2.300 delegados presentes en su congreso, colocarán a la altura de Mao Zedong. De hecho, Xi Jinping puede convertirse en el primer sucesor del Gran Timonel que logre permanecer más de diez años en el poder. El partido de Xi Jimping es, pues, una maquinaría ordenada y engrasada con un objetivo claro: convertir a China en el espejo del mundo.

Y frente a ellos, nosotros, en una Europa cada vez más dividida, enferma de nacionalismos y populismos.


martes, 17 de octubre de 2017

Las calles

Las calles se convertirán en los próximos días en el epicentro de la crisis catalana. Y lo serán porque el independentismo, tras el desconcierto vivido con la ceremonia de la confusión de Puigdemont del pasado martes en el Parlament, acelerará la insurrección que protagoniza frente al Estado. 

Desde hoy están convocados a protestar por los encarcelamientos de los dirigentes de la Asamblea Nacional de Cataluña y de Òmnium Cultural. Ambas asociaciones volverán a mostrar el músculo protestatario que el proceso soberanista ha tenido a gala en los últimos años. Su capacidad de respuesta, frente a las decisiones de la Justicia, será clave en su tentativa de desbordar al Estado de derecho, después de constatar que la estrategia plebiscitaria ha vuelto a llevar el asunto a un punto irresoluble.

La protesta en las calles será, pues, relevante, en la lucha despiadada de poder a la que asistimos. En ella, será importante constatar si el mundo universitario y estudiantil, que protestó masivamente por la torpeza gubernamental en el 1 de octubre, se vuelve a sumar a la algarada, apoyando a los fieles de las asociaciones independentistas. 

En ese escenario pueden volver a ser decisivos los Mossos d´Esquadra. Y por supuesto, quien los mande. Ahí, el artículo 155 adquiere toda su relevancia.

miércoles, 11 de octubre de 2017

La respuesta a la ceremonia de la confusión

Tengo mis dudas de que sea oportuno, estratégicamente hablando, haber activado hoy el artículo 155 de la Constitución. Es cierto, que se trata de momento de un mero requerimiento al presidente de la Generalitat para que aclare lo escenificado ayer en el Parlament, que siendo elegantes podría definirse como ceremonia de la confusión.

Al final de lo vivido en la cámara autonómica se pueden extraer unas pocas certezas. La primera es que Carles Puigdemont adujo en un discurso las razones que a su juicio acreditan la independencia de Cataluña, basadas eso sí en un referéndum sin garantías que según sus propios datos solo voto un 43% de loa catalanes, extremo que en el mundo democrático no es un argumento. 

La segunda es que 72 diputados del Parlament, de un total de 135, suscribieron un Manifiesto por la independencia. Tales diputados son la mayoría absoluta de la cámara autonómica, pero lo que firmaron no fue tramitado por el pleno del parlamento, aunque se escenificase en una de las salas del edificio de la institución. No fue por tanto, un acto del Parlament, sino solo de una parte de la cámara, que en número de votos representados no alcanza, además, la mayoría absoluta de votantes catalanes.

Tercera, la más importante, es que ayer, más allá de escenificaciones, se constató las divisiones existentes entre los independentistas, entre Junts pel Sí y la CUP. Tal vez ahora era el momento de alentar esa división, fracturando la mayoría parlamentaria soberanista. 

Y cuarta es que Puigdemont aprovechó la presencia de un considerable número de periodistas extranjeros para publicitar el mensaje de que los independentistas están por la negociación e insistir en una mediación internacional que les garantice de entrada la bilateralidad pretendida y posibilite, precisamente, el estatus aspirado.
 
Ante esta última, el PP y el PSOE han acordado abrir la reforma constitucional, que permita el diálogo y alumbre una negociación basada en la legalidad vigente, que excluye precisamente la independencia. Tal planteamiento cumple con los requisitos que desde la Unión Europea se han insinuado al gobierno: dialogar dentro de la ley, lo que va en consonancia con el modelo de Estado de derecho defendido por Bruselas, que ha permitido la más exitosa construcción democrática existente en el mundo.

Tal vez, hoy había que poner el foco de atención en esta última medida: la del diálogo dentro de la ley, la de la democracia y del Estado de derecho. Y dejar para más adelante la activación del 155, mientras se rompía más el independentismo. 

martes, 10 de octubre de 2017

Companys

Hoy les voy a hablar de Lluis Companys, el presidente de la Generalitat que fue fusilado en 1940 por el franquismo, después de ser entregado desde la Francia ocupada por la Gestapo. Lo hago no solo para evidenciar la torpeza del dirigente del PP, Pablo Casado, advirtiendo a Puigdemont, sino sobre todo para que el PSOE no cometa el mismo error vacilante en el que incurrió en la Segunda República.

Antes de seguir hay que dejar claro que Companys no declaró la independencia de Cataluña. Lo que hizo en 1934 el entonces presidente de la Generalitat fue proclamar el Estado catalán, dentro de una inexistente República federal española. No está de más recordar que la República fue un régimen integral unitario, que admitió en algunos casos una descentralización, basado en unos estatutos de autonomía. En virtud de ello, Cataluña alcanzó en 1932 el autogobierno, recuperándose las instituciones de gobierno de las que había gozado en el Antiguo Régimen, entre ellas la Generalitat.

La proclamación de Companys no fue una decisión del Parlamento catalán, sino del presidente de la Generalitat y pretendía precipitar una revolución en la que las fuerzas izquierdistas españolas pusieran fin a la Segunda República y provocasen la constitución de una república federal, en la que Cataluña obtendría una relación bilateral con el nuevo Estado español. Se alcanzaría así la vieja pretensión del nacionalismo catalán de lograr una relación confederal con España, que permitiera entre otras cosas una administración de justicia independiente, sin someterse, por tanto, a la doctrina del tribunal Supremo y sin temer la jurisdicción española, algo que agradecería hoy en día Jordi Pujol. Es decir, salvo en que se trataba de un golpe de Estado, no existe ningún paralelismo con lo que hoy consumará Puigdemont, exceptuando también teorías más conspirativas, que nos llevarían a creer en la existencia de una entente entre el independentismo catalán y Podemos para cambiar el régimen de 1978. Una simple cena entre Pablo Iglesias y Oriol Junqueras son pocos mimbres para abrazar tal tesis, que me limito a consignar.

Volvamos a la Segunda República, gobernada por un ejecutivo centrista, apoyado por la derecha, elegido en las primeras elecciones democráticas de la historia de España, que respondió con presteza y dureza. El Ejército revertió inmediatamente la situación y detuvo a Companys, quien fue condenado a 30 años de cárcel por rebelión por el Tribunal de Garantías Constitucionales republicano. 

En 1936, con Companys en la cárcel, el Frente Popular, una coalición de izquierdas en la que participaba el PSOE, alcanzó el poder. El nuevo gobierno amnistió a Companys y restituyó la autonomía a Cataluña. De esa manera, el dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya recuperó la Presidencia de la Generalitat. El 18 de julio de aquel año, un golpe de Estado militar inició una trágica y larga Guerra Civil. En Barcelona, el alzamiento fracasó, pero la Generalitat fue incapaz de garantizar el orden, que quedó en manos de milicias obreras, especialmente anarquistas, que impusieron su ley y el terror a la burguesía catalana. Francesc Cambó, líder del catalanismo moderado, aplaudió el alzamiento militar y colaboró con el franquismo.

El resto lo saben. El Ejército franquista entró en Barcelona a finales de enero de 1939, siendo recibido y vitoreado por muchos de los que habían sufrido al inicio de la guerra. Companys se exilió en Francia, donde fue detenido por la Gestapo. Entregado a las autoridades franquistas, fue juzgado sin garantías y condenado a muerte por rebelión militar, el eufemismo que el régimen aplicaba a los que habían perdido la guerra. El 15 de octubre de 1940 fue fusilado. Dentro de cinco días, hará de eso 77 años.

lunes, 9 de octubre de 2017

No hay razones para el optimismo

Ocho días después del referéndum ilegal y uno antes de que asistamos en el Parlament a la escenificación que el soberanismo decida hacer respecto a la implementación de aquellos resultados, en los que solo participó un 43% del censo catalán, según los propios datos de la Generalitat, obtenidos además sin una verificación independiente, la tensa situación que se vive en Cataluña parece haber haber llegado al paroxismo. Sin embargo, existen razones para considerar que lo peor está aún por venir.

No comparto el optimismo surgido tras la manifestación de ayer, porque la fractura de la sociedad catalana ha llegado a su máxima expresión. El pesimismo nace del hecho de que no basta con que frente a la minoría mayoritaria independentista, saliese el domingo a la calle, hasta ahora monopolio de los primeros, una multitud de varios centenares de miles de personas, a las que se ha denominado hasta ahora como mayoría silenciosa, o, tal vez con más perspicacia, mayoría silenciada con respecto al discurso correcto establecido por las propias instituciones catalanas a lo largo de las tres últimas décadas de gobierno autonómico. Hace falta un mensaje aglutinador, que triunfe conceptual y emocionalmente frente al elaborado por el independentismo a lo largo de estos últimos años.

Difícil resulta precisar cual de esas dos expresiones de catalanidad cuenta con más respaldo popular, pero sin duda la primera está mucho más cohesionada y estructurada, a través de asociaciones que hasta en su denominación han asumido un lenguaje totalizador, como el ejemplo de la Asamblea Nacional de Cataluña evidencia. En cambio, la segunda carece de organizaciones tan poderosas y que cuenten además con la necesaria financiación, que en el bando rival fluye desde las instituciones públicas. Sociedad Civil, la organización convocante de la manifestación del domingo, no tiene la capacidad para cohesionar del mismo modo a los suyos.

El problema para los catalanes que optan por mantenerse en España se agrava por la división partidista. Mientras que los independentistas han reducido su militancia a un solo partido preponderante, Esquerra Republicana de Catalunya, que utiliza a los radicales de las CUP como fuerza de choque, en una estrategia facilitada por el suicidio del catalanismo moderado de lo que fue Convergència en una pasmosa trayectoria liderada por Artur Mas, los que apoyan la permanencia se encuentran aún más divididos. Los tres partidos que podrían liderar a los no independentistas son rivales contrapuestos en la política nacional, aspirando a sacar réditos a este lado del Ebro de lo que pase más allá. Es más, puestos a cohesionar a la multitud que ayer se manifestó se echa en falta un discurso que englobe las múltiples sensibilidades de los que salieron a las calles de Barcelona. Incluso, uno de esos partidos, el PSC, no convocó formalmente la movilización, evidenciando que los socialistas catalanes aún no han salido del armario, hecho confirmado con la ausencia de su líder, Miquel Iceta, en la más relevante manifestación vivida en Cataluña en los últimos días.

Así que en los dos bloques existentes, las circunstancias son muy diferentes. Frente a unos, cohesionados, disciplinados y decididos, apoyados por un relato épico, solo hay al otro lado, hoy por hoy, una masa muchos menos ideologizada y unida, y que solo puede apelar a argumentos racionales, como la fuga de empresas de Cataluña muestra.

Un terrible choque frentista en el que unos tienen más que ganar que los otros, por mucho que a estos últimos les apoye un gobierno que en su defensa de la legalidad, en vez de hacer prevalecer el Estado de derecho, es capaz de cometer errores garrafales como se evidenció el 1 de octubre. Ese día, los primeros constataron, con alborozo, que sus instituciones y los instrumentos a sus órdenes fueron capaces de imponer sus decisiones, evidenciando la fortaleza del golpe de Estado dado en el Parlament el 6 y 7 de septiembre.

Por todo ello soy pesimista. El único rayo de luz vendría por una elecciones a celebrar cuanto antes, confiando en que eso pararía la pendiente que nos lleva a la violencia, pero siendo conscientes de que tampoco despejaría todas las dudas en Cataluña. Porque, el cohesionado frente independentista no va renunciar así por así a su sueño, que tiene más cerca, practicando el frentismo y la fractura social desde las instituciones, que la democracia, a diferencia de la amalgama que se le opone, que ha de confiar en un gobierno sentido como demasiado lejano.

Una maldición que pagaremos todos, especialmente los catalanes.

viernes, 6 de octubre de 2017

Espadas en alto

El sexto día ha traído un cierto remanso, pero no se engañen: las espadas continúan en alto, esperando los acontecimientos de los próximos días: manifestación el domingo proespañolista en Barcelona, a principios de la semana el pleno del Parlamento catalán, donde el independentismo ofrecerá alguna concreción de sus planes, y nueva huelga general esa misma semana. Mientras continuará el goteo de empresas saliendo de Cataluña, algo que patéticamente desmiente el cerebro del proceso independentista, Oriol Junqueras, y la crispación enredará como buen diablo buscando incrementar el enfrentamiento.